6 mar. 2011

¿Quién inventó la Aspirina?

En este año que se nos acaba de marchar cumplió sus primeros ciento diez (110) años de vida. Y la verdad es que nadie lo diría, porque goza de una salud espléndida.

Es sin lugar a dudas, el fármaco más extendido, conocido y consumido en el mundo.


Está en todas partes. En el botiquín familiar, en el bolso de calle de cualquiera, en el cajón de la mesa del trabajo. En fin.

Incluso se la pueden ofrecer en el bar de la esquina, con su vaso de agua, si la necesita.

Supongo que no es necesario que le dé más pistas. Sí, se trata de la Aspirina. Un fármaco con una curiosa historia detrás y en la que confluyen tres circunstancias bien diferentes entre sí.

Se trata de un paradigmático ejemplo de unión entre: el poder curativo de los productos naturales, la inteligencia humana para reconocerlo y perfeccionarlo, y el amor del hombre por sus semejantes. En este caso el amor filial de un químico alemán por su padre enfermo.

Pero como principio quieren las cosas empezaremos por ahí, por el comienzo.

En la Antigüedad

Ya en el tercer milenio antes de Cristo, y como parecen indicar textos escritos en tablillas de barro de la antigua Mesopotamia bíblica, se utilizaba la corteza de sauce (Salix alba) con fines medicinales.

El médico griego Hipócrates (400 a.C.), recomendaba mascar la amarga corteza de ese árbol para aliviar el dolor y la fiebre.

También los médicos recomendaban a sus pacientes, para mitigar el dolor de cabeza, un preparado de corteza de sauce.

Se obtenía moliendo la corteza, de la que se desprendía un polvo que al tomarlos producía ese efecto benéfico. El conocido y ancestral poder curativo de los productos naturales.

Sin embargo aquel magnífico remedio tenía dos inconvenientes: irritaba el estómago y causaba, a la larga, una enfermedad muy extendida en el mundo antiguo, las hemorroides. Dos delicados asuntos.


De la salicina al ácido acetilsalicílico

La sustancia causante de tales efectos, deseados y no deseados, se descubrió en 1829, era la salicina, un compuesto químico conocido como salicilato de sodio, y del que con posterioridad se extrajo el ácido salicílico.

Con el tiempo la salicina fue una sustancia que se pudo extraer no sólo del sauce. Desde hacía unos años se hacía también de otra planta, de la Spírea ulmaria. Pero no se sabía que era la misma.

Por eso, al no ser identificada como tal, al ácido obtenido se le llamó ácido spírico. De spirea. Así que dos nombres para la misma sustancia. Lo que tuvo su trascendencia.

Unos años después, en 1854, el químico alsaciano Karl Frederich von Gerhardt sintetizaba el ácido acetilsalicílico (AAS). Un derivado con las mismas propiedades curativas que la salicina, pero sin sus desagradables efectos secundarios.

Sin embargo nadie pareció darse cuenta de dichas ventajas. De hecho, a mediados del siglo XIX, este medicamento cayó en el mayor de los olvidos.

Sorprendentemente, la misma inteligencia humana que lo había reconocido y perfeccionado, lo olvidaba. Qué sorprendente es el hombre.


El AAS de Hoffman

Y así estuvo hasta que un hecho singular lo sacó de su ostracismo. En agosto de 1897, Félix Hoffman, un químico empleado en los Laboratorios Bayer, logró preparar de nuevo ácido acetilsalicílico. Lo hizo a partir de la Spírea ulmaria, utilizando otro método distinto al de Gerhardt y lo obtuvo con menos impurezas.

Su interés por prepararlo se debía a que su padre padecía artritis reumática y no podía tratarse con el conocido derivado del ácido salicílico (el salicilato de sodio). Le producía náuseas e intolerancia estomacal.

Por eso Hoffman le dio a su padre una fuerte dosis de su ácido acetilsalicílico. Y fue mano de santo. No sólo le alivió su artritis, sino que no tuvo ninguno de sus desagradables efectos secundarios.

De modo que papá Hoffman fue el primer beneficiado conocido del AAS. Lo llaman amor filial. Y la noticia corrió como la pólvora.

La Aspirina de Bayer

Ni que decirles que los químicos de la Bayer comprendieron, al momento, la utilidad del medicamento.

Se apresuraron a patentarla y, en enero de 1899, la compañía Bayer comercializaba el AAS con el nombre de Aspirina.

Toda una alusión a su composición. La A de acetil, spir de la planta Spírea ulmaria, y la terminación farmacéutica ina. Así de simple.

Se lanzó al mercado en forma de polvos blancos. Y tal fue su éxito que todo el mundo hablaba de los “polvos milagrosos” o de los “polvos mágicos”. Eran otros tiempos.

Hasta se empleaba una frase que hoy podría resultar malsonante por grosera, pero que en aquella época no lo era.

Se solía decir “échate unos polvos para olvidar el dolor”. Lógico y natural, dados los excelentes resultados.

Ya ven, estimados lectores, que la maldad de algunos dichos está, la mayoría de las veces, en la mente de quien los interpreta.

Pero la Aspirina en polvo, la verdad, es que era molesta para tomarla.

Por eso en 1915, en plena Primera Guerra Mundial (PGM), la empresa alemana Bayer lanzó la aspirina en tableta.

Todo un acierto. Cuando en 1919 acabó la guerra con el Tratado de Versalles, los aliados se quedaron con la patente como botín.

Una posesión que duró poco pues, dos años después, la aspirina era proclamada “propiedad de toda la Humanidad” y cualquiera podía producirla sin tener que pagar derechos.

Aplicaciones aspirínicas

De sus aplicaciones qué les voy a contar. Todos la hemos utilizado como analgésico, antipirético y antiinflamatorio en infinidad de dolencias.

Desde dolores de cabeza hasta tuberculosis, pasando por gripes, gonorrea y cualquier tipo de inflamación, como amigdalitis, rinitis, artritis o cistitis.

Desde comienzos del siglo XX la Aspirina ha sido el remedio por antonomasia, la medicina más popular de todos los tiempos.

Ningún fármaco ha mostrado su capacidad curativa sobre estos tres procesos fundamentales -el dolor, las inflamaciones y la fiebre-, de forma tan eficaz, como lo ha hecho la Aspirina.

Y con menos efectos secundarios que, no debemos olvidar, los tiene. De todos son conocidas sus contraindicaciones y las diferentes formas de minimizarlas.

Anecdotario aspiriniense

De su popularidad baste decir que el gran tenor Enrico Caruso pedía a sus empresarios tenerla siempre a mano.

Que, setenta y dos años después de que Hoffman la sintetizara, Aspirina acompañaba al hombre a la Luna en el Apolo 11, siendo uno de los pocos fármacos que contenía el pequeño botiquín de a bordo.

Y que, según se cuenta, el propio Kafka la tomaba, aunque no se sabe -dicen las malas lenguas- si las empleaba también para aliviar sus dolores existenciales.



Por cierto, y ya que hablamos de Kafka, una duda existencial.

Si la aspirina sirve para tantas dolencias, una vez dentro, ¿cómo sabe ella qué parte del cuerpo es el que le duele a uno en concreto?


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