23 mar. 2011

Royal Society

Fundada en 1660, en este año del Señor de 2010, cumple sus primeros trescientos cincuenta (350) años de vida.

La Royal Society, cuyo nombre completo y en español es Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, es la más antigua sociedad científica del Reino Unido. Una de las más antiguas de Europa. Y pasa por ser la más prestigiosa del mundo.

Tanto que, en el Reino Unido, hace de Academia Nacional de Ciencias y es, además, miembro del Consejo Científico Británico formado en 2000.

Todo un reconocimiento a su prestigio, máxime si tenemos en cuenta que la Royal Society es una institución privada e independiente. Con lo que eso implica.

Pero vayamos con orden, ¿cuáles fueron sus comienzos?

En busca de unos orígenes

Se podría decir que todo empezó en una brumosa tarde de noviembre de 1660, cuando una docena de filósofos, seguidores de Sir Francis Bacon, se reunieron para escuchar, en un principio, la conferencia de un joven astrónomo.

Por lo que se ve, la cosa ésta de reunirse, fue derivando hasta convertirse en un club de científicos interesados en todas las ramas de la ciencia experimental.

Lo que no debe sorprendernos si consideramos que Bacon, como filósofo, proponía que el conocimiento sólo se podía alcanzar mediante ensayos y errores. O sea que.

Eran filósofos naturales. Científicos de lo que por aquel entonces se denominaba "Nueva Filosofía" o "Filosofía Experimental".

Desde el primer momento, en esta sociedad, los experimentos tuvieron gran importancia y en ellos se empleaba gran parte del tiempo que duraban las reuniones.

Tenían claro que a la verdad se llega equivocándose en la dirección correcta.

De hecho nombraron un “Comisario de Experimentos”, el primero de los cuales fue un viejo conocido del blog, el polémico Robert Hooke.

Eligieron hasta un lema que, por cierto, le viene que ni al pelo: “Nullius in verba” (No dar nada por sentado).

Es toda una declaración de intenciones, en lo que se refiere a su línea de actuación.

Hace una clara referencia a la necesidad inexcusable de obtener pruebas empíricas, para el avance del conocimiento.

Un claro rechazo al "principio de autoridad", usado por los escolásticos.

La máxima latina procede de un frase de Horacio (Epístolas, I, 14): "Nullius addictus jurare in verba magistri" (No me siento obligado a jurar por las palabras de maestro alguno).

Y paradójicamente, la máxima fue lo último que escribieron en latín. Puesto que desterraron esta lengua como forma oficial de expresión del saber.

Desde entonces ese lugar lo ocupa el inglés. Un lenguaje llano y sencillo.

Un club de genios

Desde entonces la institución no ha dejado de crecer. La nómina de sus afiliados constituye el “quién es quien” de todos los ámbitos de la ciencia en los últimos 350 años.

Y resulta abrumadora: Newton, Hooke, Darwin, Halley, Franklin, Davy, Fleming, Wallis, Volta, Huygens, Locke, Rutherford, Faraday, Watt, Maxwell, Hawking y un largo, largo, etcétera.

Hoy día, de los 1400 miembros que la constituyen, 74 son Premios Nobel.

Lo que se dice un club de genios.
 
Tampoco le andan a la zaga, los logros científicos que se encuentran documentados en los 250 000 manuscritos que hay en sus archivos, y en la actualidad digitalizados y colgados en la Red (http://trailblazing.royalsociety.org/).

Allí podemos encontrar escritos que hablan de cualquier cosa de interés científico. Desde la invención de la penicilina, la primera transfusión de sangre, la fotografía o la pila eléctrica.

Hasta los agujeros negros, las leyes de la termodinámica, la descripción del ADN o la aspirina.

Pasando por el reloj de bolsillo, el electromagnetismo, la selección natural, la demostración de la relatividad o la teoría de cuerdas. De todo y a la vista de todos.

Es el secreto de la ciencia. Junto a una curiosidad sin límites es imprescindible la publicación de lo investigado. Y a mano para que pueda ser revisada.

Es la piedra angular de la ciencia moderna. Una suma de esfuerzos en la que cada avance es publicado, compartido y revisado por la comunidad científica.

Un club diferente a los demás


Curiosidad sin límites, afán por experimentar, imprescindible énfasis en la publicación y, porqué no, un albiónico punto de excentricidad más y, que no se me olvide, la inevitable flema británico, fueron características diferenciadoras de este club de genios. Pero no las únicas.

A la Royal, desde sus comienzos, no se le puede negar un especial olfato a la hora de seleccionar sus miembros.

Sirva de botón de muestra que el astrónomo Edmund Halley, sí el del cometa, fue admitido incluso antes de haber terminado su licenciatura en Oxford. Qué cosas.

O que Charles Darwin lo fuera, cuando aún no se conocían sus investigaciones sobre la evolución. O William Henry Fox Talbot, que lo fue dos años antes de inventar la fotografía.

En todos estos casos, para la Royal, ya era evidente que los personajes prometían.

Y en dicha elección no influyó nunca ni la nacionalidad, ni el nivel social, ni la formación académica del candidato.

Desde este punto de vista, la sociedad siempre se ha distinguido por ser una fraternidad cosmopolita y poco clasista. Ni un ápice de esnobismo ni chovinismo en sus salones.

Más. Si hubiera que ponerle un pero, éste sería el de ser machista.

En este selecto club, la verdad sea dicha, las mujeres han sido consideradas más bien poco. Tratadas con cuentagotas.

Entre las escogidas:

Caroline Herschel (1750-1848) quien, a pesar de que descubrió, ella sola, ocho cometas y catorce nebulosas, no llegó nunca a ser admitida.

Eso sí fue la primera fémina que recibió un salario como científica, 50 libras anuales como astrónoma real. Siempre, menos es más que nada.

Y la física Hertha Ayrton (1854-1923), primera nominada en la historia de la sociedad, pero cuya candidatura acabó siendo rechazada por una razón peregrina: estaba casada.

Está visto que no se puede tener todo en la vida.

Anecdotario real

Revisando la historia de esta institución nos encontramos que, en ese constante poner todo a prueba, no conformarse con las verdades establecidas, comprobar sin descanso, etcétera, a veces, ha rozado el ridículo.

Es lo que le sucedió a Daines Barrington cuando, en 1769, visitó el hogar de Mozart.

El genial músico tenía, por aquél entonces, apenas ocho años y se dudaba que fuera capaz de realizar las proezas que de él se hablaban.

Demasiada precocidad para tan poca edad. Esa era la opinión generalizada.

De ahí que la Royal enviara al naturalista, que se cruzó media Europa y lo sometió a una batería de exámenes físicos, mientras Mozart tocaba el clavicordio.

Por lo que podemos ver en la documentación existente, Barrington volvió a Londres más que satisfecho.

En su informe exponía con toda solemnidad:

No es un enano, como sospechaban algunos, sino un genio precoz que toca como los ángeles, a pesar de que sus deditos apenas llegan a una quinta parte del teclado y que, juguetón, deja la interpretación a medias y se baja del taburete para perseguir a su gato”.

Lo que se dice un niño genial.


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