6 nov. 2011

Tres Reflexiones

La ciencia que heredamos

El verdadero arte del maestro consiste en despertar la alegría por el trabajo y el conocimiento.
Mis queridos niños:
Me alegra veros aquí hoy, juventud feliz de una tierra alegre y dichosa.
No olvidéis nunca que las cosas maravillosas que aprendéis en la escuela son obra de muchas generaciones, producto del esfuerzo entusiasta y del trabajo incansable de todos los países del mundo. Se deposita todo esto en vuestras manos como herencia para que lo recibáis, lo honréis, lo aumentéis y podáis transmitirlo un día fielmente a vuestros hijos. Así es como nosotros, los mortales, alcanzamos la inmortalidad en las cosas permanentes que creamos en común.
Si nunca olvidáis esto, hallaréis un sentido a la vida y al trabajo, y adoptaréis la actitud más correcta hacia otras naciones y otras épocas.
Albert Einstein, Mis ideas y opiniones (vía cienciaonline, @cienciaonline)




Los verdaderos hombres de acción de nuestro tiempo

Los verdaderos hombres de acción de nuestro tiempo, los que transforman el mundo, no son los políticos y hombres de estado, sino los científicos. Por desgracia, la poesía no puede festejarlos, porque sus hazañas tienen que ver con las cosas, no con las personas y, por ello, carecen de habla. Cuando me encuentro en compañía de científicos me siento como un cura andrajoso que, por error, se ha extraviado en un salón lleno de duques.
W.H. Auden, El poeta y la ciudad “La mano del teñidor” (1963)
Fuente:
Richard Dawkins, Destejiendo el Arco Iris.






¿Por qué nacimos?

Después de un sueño de cien millones de siglos hemos abierto al fin los ojos en un planeta suntuoso, de colores rutilantes y repleto de vida. Dentro de algunas décadas deberemos cerrarlos de nuevo. ¿Qué manera de invertir nuestro breve tiempo bajo el sol puede ser más noble y esclarecedora que trabajar para comprender el universo y nuestro despertar en él? Así contesto cuando se me pregunta (cosa que, para mi sorpresa, ocurre con frecuencia) por qué me molesto en levantarme por las mañanas. En otras palabras, ¿no es triste irnos a la tumba sin habernos preguntado nunca por qué nacimos? ¿Quién, con ese pensamiento, no saltaría de la cama ávido de continuar descubriendo el mundo y felicitándose de formar parte del mismo?
Richard Dawkins, Destejiendo el Arco Iris.

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